domingo, 26 de junio de 2016

Las tres campanadas: transcripción de las palabras proféticas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, sobre la actual crisis de la Iglesia

El 26 de junio es la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Evidentemente, sólo en el calendario litúrgico de la Forma Ordinaria del Rito Romano, pues el calendario litúrgico tradicional no se ha actualizado desde hace décadas.

En los años 1973 y 1974, San Josemaría escribió tres cartas dirigidas a los fieles laicos y sacerdotes de la Prelatura, que son conocidas como "las tres campanadas", en las que el Fundador aborda la grave crisis que siguió al Concilio Vaticano II. Dos de ellas, la primera y la tercera -fechadas el 28 de marzo de 1973 y el 14 de febrero de 1974, respectivamente-, pueden encontrarse con relativa facilidad en Internet. Sin embargo, el contenido de la segunda carta, del 17 de junio de 1973, sólo ha trascendido parcialmente.

A continuación, transcribiré algunos puntos y fragmentos destacables de las tres cartas, en los que, además de describir la situación que existía en la Iglesia en los últimos años de vida del Santo -falleció en 1975-, pueden encontrarse descripciones y advertencias proféticas que bien podrían referirse a lo que ocurre en la actualidad:

Campanada I: carta del 28 de marzo de 1973

2. Tiempo de prueba son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna. Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora, cuando la Iglesia misma parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Llevo años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la salvación de tantas almas.

4. Convenceos, y suscitad en los demás el convencimiento, de que los cristianos hemos de navegar contra corriente. No os dejéis llevar por falsas ilusiones. Pensadlo bien: contra corriente anduvo Jesús, contra corriente fueron Pedro y los otros primeros, y cuantos —a lo largo de los siglos— han querido ser constantes discípulos del Maestro. Tened, pues, la firme persuasión de que no es la doctrina de Jesús la que se debe adaptar a los tiempos, sino que son los tiempos los que han de abrirse a la luz del Salvador. Hoy, en la Iglesia, parece imperar el criterio contrario: y son fácilmente verificables los frutos ácidos de ese deslizamiento. Desde dentro y desde arriba se permite el acceso del diablo a la viña del Señor, por las, puertas que le abren, con increíble ligereza, quienes deberían ser los custodios celosos. Pensaréis que, entonces, ser fieles no es tarea cómoda. Hijos míos, dificultades las ha habido y las habrá siempre, aunque las circunstancias actuales son verdaderamente duras, precisamente porque las asechanzas del diablo —repito— vienen alentadas desde dentro de la Iglesia. Pero siempre son superables las dificultades por quien, reconociendo su personal debilidad, confía en la fortaleza de Dios. Confiar en la fortaleza de Dios es decidirse a rezar y a tomar la firme resolución de vigilar, con la lucha interior, para alejar las ocasiones de cuanto pueda debilitar la fe o entibiar nuestro Amor al Señor. Alerta, pues, hijos míos. Alerta: sin olvidar jamás de dónde venimos y adónde vamos; es decir, conscientes de nuestra filiación divina y del fin sobrenatural al que Dios, gratuita y misericordiosamente, nos ha llamado. Sabedores de la bajeza de nuestra pobre condición humana —que nos ayudará a no fiarnos de nosotros mismos— y, a la vez, de la grandeza de nuestra vocación.

7. [...] Cuidadme los actos de culto, de modo especial los sacerdotes. El que no diese categoría a una simple inclinación de cabeza, no ya como manifestación elemental de respeto, sino de amor, no merecería llamarse cristiano. Alabad continuamente a la Trinidad Beatísima, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, con vuestra vida entera, pero de modo particularmente intenso en la Santa Misa. La Santa Misa es el centro y la raíz de nuestra vida interior, es el momento supremo para adorar, para romper en acción de gracias, para invocar, para desagraviar. Algunos se afanan todo lo posible por arrancar, del dogma, la certeza de esa renovación incruenta del Sacrificio divino del Calvario. ¡Razón de más para que nosotros cuidemos con especial tesón vivir la Misa bien identificados con Cristo Señor Nuestro, que es el Sacerdote principal y la Víctima! [...]

8. [...] Debemos pedir perdón, en primer lugar, por nuestras debilidades personales y por tantas acciones delictuosas que se cometen contra Dios, contra sus Sacramentos, contra su doctrina, contra su moral. Por esa confusión que padecemos, por esas torpezas que se facilitan, corrompiendo a las almas muchas veces casi desde la infancia. Cada día caigo más en la cuenta de esta urgente necesidad. Y esto nos obliga a buscar cada día más la intimidad con Dios: os aconsejo que hagáis lo mismo. Pongámosle delante, al Señor, el número de almas que se pierden y que no se perderían si no se les hubiese metido en la ocasión; almas que abandonan las prácticas religiosas, porque ahora se difunde impunemente propaganda de toda clase de falsedades, y resulta en cambio muy difícil defender la ortodoxia sin ser tachados —dentro de la misma Iglesia, esto es lo más triste— de extremistas o exagerados. Se desprecia, hijos míos, a los que quieren permanecer constantes en la fe, y se alaba a los apóstatas y a los herejes, escandalizando a las almas sencillas, que se sienten confundidas y turbadas. [...]

10. [...] Fijaos que se fomenta un clima mundial, para centrar todo en el hombre; un ambiente de materialismo, desconocedor de la vocación trascendente del hombre, que sofoca cruelmente la libertad de la persona humana o, al menos, confunde la libertad con el libertinaje, comercializando las pasiones. Causa pena contemplar masas enteras de gente que se dejan conducir por el dictado de unos pocos, que les imponen sus dogmas, sus mitos e incluso todo un ritual desacralizado. Es preciso enfrentarse contra esta tendencia, con los resortes de la doctrina cristiana, en una perseverante y universal catequesis. Es, hijos míos, un elemental compromiso de caridad para la conciencia de un católico. Resulta muy penoso observar que —cuando más urge al mundo una clara predicación— abunden eclesiásticos que ceden, ante los ídolos que fabrica el paganismo, y abandonan la lucha interior, tratando de justificar la propia infidelidad con falsos y engañosos motivos. Lo malo es que se quedan dentro de la Iglesia oficialmente, provocando la agitación. Por eso, es muy necesario que aumente el número de discípulos de Jesucristo que sientan la importancia de entregar la vida, día a día, por la salvación de las almas, decididos a no retroceder ante las exigencias de su vocación a la santidad. Sin este esfuerzo de auténtica e interior fidelidad, decidme ¿qué servicio prestaría la Iglesia a los hombres? Considerad, hijos míos, que la lucha interior no es una simple ascesis de rigor humano. Es la consecuencia lógica de la verdad que Dios nos ha revelado acerca de Él mismo, acerca de nuestra condición y acerca de nuestra misión en la tierra. Sin esa batalla interior, sin participación en la Pasión de Cristo, no se puede ir detrás del Maestro. Quizá por esto contemplamos una dolorosa desbandada: muchos pretenden componer una vida según las categorías mundanas, con el seguimiento de Jesucristo sin Cruz y sin dolor. Y esto no es posible sin alterar sustancialmente el mensaje de Nuestro Redentor, porque no es el discípulo más que el Maestro (Matth. X, 24) y el discípulo de Cristo ha de estar dispuesto a negarse y a dar la propia vida (Matth. XVI, 24-25) por la salvación de los demás.

11. La lucha interior —en lo poco de cada día— es asiento firme que nos prepara para esta otra vertiente del combate cristiano, que implica el cumplimiento en la tierra del mandato divino de ir y enseñar su verdad a todas las gentes y bautizarlas (cfr. Matth. XXVIII, 19), con el único bautismo en el que se nos confiere la nueva vida de hijos de Dios por la gracia. Mi dolor es que esta lucha en estos años se hace más dura, precisamente por la confusión y por el deslizamiento que se tolera dentro de la Iglesia, al haberse cedido ante planteamientos y actitudes incompatibles con la enseñanza que ha predicado Jesucristo, y que la Iglesia ha custodiado durante siglos. Éste, hijos míos, es el gran dolor de vuestro Padre. Éste, el peso del que yo deseo que todos participéis, como hijos de Dios que sois. Resulta muy cómodo —y muy cobarde— ausentarse, callarse, diluidos en una ambigua actitud, alimentada por silencios culpables, para no complicarse la vida. Estos momentos son ocasión de urgente santidad, llamada al humilde heroísmo para perseverar en la buena doctrina, conscientes de nuestra responsabilidad de ser sal y luz.

12. Hemos de resistir a la disgregación, cuidando sobrenaturalmente nuestra propia entrega y sembrando sin desmayos, con decisión, con serenidad y con fortaleza, la doctrina y el espíritu de Jesucristo. Considerad que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño; se habla de paz, y se introducen en la Iglesia —aun desde organismos centrales— las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que ninguna autoridad corte firmemente los abusos —a veces auténticos sacrilegios— en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones políticas. Toda esa ambigüedad es camino abierto, para que el diablo cause fácilmente sus estragos, más cuando se ve que es corriente —en todas las categorías del clero— que muchos no prediquen a Jesucristo y, en cambio, parlotean siempre de asuntos políticos, sociales —dicen—, etc., ajenos a su vocación y a su misión sacerdotal, convirtiéndose en instrumentos de parte y logrando que no pocos abandonen la Iglesia.

13. No olvidemos, hijos míos, que en la vida de cada uno, en la vida familiar y en las costumbres sociales, encontraremos la paz y la justicia en la medida en que se acepte la verdad de Cristo en las conciencias, como luz orientadora para la acción y conducta de los hombres. No se puede imponer por la fuerza la verdad de Cristo, pero tampoco podemos permitir que, con la violencia de los hechos, nos dominen como ciertos y justos, criterios que son una patente deserción del mensaje de Jesucristo: esta violencia se comete por algunos, impunemente, dentro de la Iglesia. Sería una deslealtad y una falta de fraternidad con el pueblo fiel, no resistir al presuntuoso orgullo de unos pocos que han maleado ya a tantos, sobre todo en el ambiente eclesiástico y religioso. Comprended que no exagero. Pensad en la violencia que sufren los niños: desde negarles o retrasarles el bautismo arbitrariamente, hasta ofrecerles como pan del alma catecismos llenos de herejías o de diabólicas omisiones; o en la que se actúa con la juventud, cuando —¡para atraerla!— se presentan principios morales equivocados, que destrozan las conciencias y pudren las costumbres. Violencia se hace, también diabólica, cuando se manipulan los textos de la Sagrada Escritura y se llevan al altar en ediciones equívocas, que cuentan con aprobaciones oficiales. Y no podemos dejar de ver el brutal atropello que se impone a los fieles, y en los fieles al mismo Jesucristo, cuando se oculta el carácter de sacrificio de la Santa Misa o cuando el dinero de las colectas se malgasta en propagar ideas ajenas al enseñamiento de Jesucristo. Hijos, míos, nunca se ha hablado tanto de justicia en la Iglesia y, a la vez, nunca se ha empleado tanta injusta opresión con las conciencias.

14. Resistir, a esta campaña continuada y nefanda, forma parte de nuestro deber de luchar por ser fieles. Es una obligación de conciencia, ante Dios y ante tantísimas almas. Pensad que abunda una muchedumbre silenciosa, por amor a la Iglesia, que no protesta, que no habla a grandes voces, que no organiza manifestaciones tumultuosas. Pero que sufre por la buena causa y que, con confianza en la Providencia, espera, pasmada y muda, orando sin cesar y sin ruido de palabras, para que la Iglesia de Dios recobre su autenticidad. Los herejes lo saben: así se explica que ni siquiera se ha intentado demostrar que los católicos desean esos cambios, que están variando el rostro de la Esposa de Cristo. Ni existe ninguno capaz de confundir al pueblo fiel con la algarabía de los tumultuosos conventículos revolucionarios, patrocinadores de radicales modificaciones deformadoras e innecesarias, peligrosas e impías, que conducen sólo a rebajar la espiritualidad de la Iglesia, a despreciar los Sacramentos, a enturbiar la fe, cuando no a arrancarla de cuajo. Nos sentimos obligados a resistir a estos nuevos modernistas —progresistas se llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados, porque tratan de resucitar las herejías de los tiempos pasados—, que ponen todo en discusión, desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas. Y si algún pastor habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin equívocos. Parece como si algunos se empeñaran en no recordar que, a lo largo de toda la historia, los que guían el rebaño han tenido que asumir la defensa de la fe con entereza, pensando en el juicio de Dios y en el bien de las almas, y no en el halago de los hombres. No faltaría hoy quien tachara a San Pablo de extremista cuando decía a Tito cómo debería tratar a los que pervertían la verdad cristiana con falsas doctrinas: increpa illos dure, ut sani sint in fide (Tit. I, 13); repréndelos con dureza —le escribía el Apóstol—, para que se mantengan sanos en la fe. Es de justicia y de caridad, obrar así. Ahora, sin embargo, se facilita la agitación con un silencio que clama al cielo, cuando no se coloca a los saboteadores de la fe en puntos neurálgicos, desde los que pueden sembrar la confusión «con aprobación eclesiástica». Ahí están tantos nuevos catecismos y programas de «enseñanza religiosa» testimoniando la verdad de lo que afirmo. Hijos de mi alma, pidamos a Nuestro Señor que ponga término a esta dura prueba. Mientras tanto, me considero obligado a advertiros de estos peligros, porque hay muchos también que confiesan a Dios con las palabras, pero lo niegan con los hechos (Tit. I, 16): es la actitud de los que, con discursitos espirituales, se buscan una coartada para sus acciones. El resultado es la ambigüedad: actitudes que anulan las palabras; palabras que, por su contradicción con las obras, admiten todo tipo de interpretaciones.

16. [...] No os dejéis engañar incautamente por maniobras publicitarias —donde se mezclan razones ideológicas y políticas con motivos comerciales— que tratan de presentar ciertas publicaciones heterodoxas, especialmente si son más o menos marxistas, como algo de valor científico o cultural; e incluso pretenden convencernos de que el conocimiento directo de esas publicaciones es casi indispensable, para una persona de mediana cultura. En algunos ambientes eclesiásticos se percibe actualmente una especie de extraño complejo de inferioridad, ante todo lo que está emparentado con el marxismo. Este complejo, además de denunciar una notable pereza intelectual, evidencia de modo elocuente la debilitación de la fe y la ignorancia o la superficialidad.

18. [...] No podemos dormirnos, ni tomarnos vacaciones, porque el diablo no tiene vacaciones nunca y ahora se demuestra bien activo. Satanás sigue su triste labor, incansable, induciendo al mal e invadiendo el mundo de indiferencia: de manera que muchas gentes que hubieran reaccionado, ya no reaccionan, se encogen de hombros o ni siquiera perciben la gravedad de la situación; poco a poco, se han ido acostumbrando. Tened presente que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo. Hijos míos, sintamos el deber de ser leales a cuanto hemos recibido de Dios, para transmitirlo con fidelidad. No podemos, no queremos capitular. No os dejéis arrastrar por el ambiente. Llevad vosotros el ambiente de Cristo a todos los lugares. Preocupaos de marcar la huella de Dios, con caridad, con cariño, con claridad de doctrina, en todas las criaturas que se crucen en vuestro camino. No permitáis que el espejismo de la novedad arranque, de vuestra alma, la piedad. La verdad de Dios es eternamente joven y nueva, Cristo no queda jamás anticuado: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8). Por tanto: no os dejéis descaminar por doctrinas diversas y extrañas; lo que importa sobre todo es fortalecer el corazón con la gracia de Jesucristo (Hebr. XIII, 9).

19. Así nos espera el Señor: leales, seguros, con una gran serenidad, con un optimismo inquebrantable, porque sabemos de quién nos fiamos (II Tim. I, 12). Leales, aunque veamos a nuestro alrededor tanta gente que se tambalea, que vacila. Recordad la respuesta de Matatías a la intimación de prevaricar, cuando muchos de Israel se acomodaron a ese culto, sacrificando a los idolos (I Mac. I, 45), y a él y a sus hijos les ofrecían —a cambio de la infidelidad— toda clase de riquezas y de bienestar (hoy ofrecerían, además, una imagen simpática y atractiva, presentándolos quizá a la opinión pública como valientes profetas de nuevos tiempos): aunque todas las naciones que forman el imperio abandonen el culto de sus padres y se sometan a vuestros mandatos, yo y mis hijos y mis hermanos viviremos en la alianza de nuestros padres. Líbrenos Dios de abandonar la Ley y sus preceptos. No escucharemos las órdenes del rey para salirnos de nuestro culto, ni a la derecha ni a la izquierda (I Mac. II, 19-22).

Campanada II: carta del 17 de junio de 1973

36. No es inexplicable mi angustia, ni exagerada mi aprensión en estos instantes: cuando hay tanto choque por todas partes, la buena doctrina parece que vacila por todos lados, y en ningún sitio faltan gentes capaces de atreverse a inventar tantas falsas e innecesarias reformas, que no responden a necesidades de los demás, que están felices con la vocación de cristiano, que confirman con su vida santa. Son —las que se mueven con tanto alboroto— herejías ocasionadas por la mala conciencia, que busca justificación a las pasiones, a la negligencia y a muchos errores prácticos, que no deja a esas personas tener quietud en ningún sitio. Porque los defectos y esquinas de esos pobres, que —por ser de ellos— se atreven a calificar descaradamente de celo virtuoso, les convierten en anárquicos, inhábiles para participar con humildad y eficacia en ningún apostolado[5]: ellos mismos, sin paz interior y sin alegría espiritual, son cizaña que pretende destruir las virtudes capitales de los hermanos, con hipócritas y desleales sinrazones de mentirosa eficacia.

37. [...] Te crees más que los otros, cuando la realidad es que te has puesto a vivir a tu aire, haciéndote cesiones, que no te puedes conceder, que te empujan a pensar en labores que no te corresponden y para las que no tienes ni formación ni gracia de Dios, que te van llevando casi insensiblemente a la indiferencia en lo que te debía ser más querido; y, si no pones remedio, el remedio de volver a vivir como viviste cuando tenías buena conciencia, te arrastrarán al fracaso de tu vida y hasta la apostasía, porque perderás incluso tu camino de cristiano, mientras desprecias como Simón a quienes honran a Cristo.

38. [...] Deja de ser un charlatán incorregible, sin gracia, aunque tu vanidad pueril te haga pensar que eres ocurrente y divertido: eres solamente cargante y chabacano, adjetivos que no habrían de aplicarse nunca a un cristiano, por mediana que sea su formación. Que somos monolíticos, has dicho. No podías hacernos nunca mejor elogio. Ya que en lo terreno —es posible que tu ofuscación no te lo permita contemplar, siendo patente— sólo estamos de acuerdo en no estar de acuerdo; y, en cosas de fe católica y de moral, todos —en cambio— estamos conformes en todo. Ya tienes ahí un monolito divino, que sólo al diablo le puede gustar que se quebrante. Hablas quizá de que no ves cómo se puede conjugar la libertad personal y la obediencia. Muy podrido has de estar o muy corto es tu entendimiento, si no comprendes que la libertad personal, la obediencia, el trabajo colegial y el apostolado se hace compatibles a la manera como se conjugan la gracia divina y la libertad humana: del ejercicio de esa compatibilidad nacen las virtudes y vicios.

Campanada III: carta del 14 de febrero de 1974

4. [...] No olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas, procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos: y aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo, lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia: un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo: y se aniquila el celo apostólico, que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás, defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas.

5. [...] Cuando escritores embusteros, que se atreven en su soberbia y en su ignorancia —quizá en su mala fe— a calificarse como teólogos, perturban y oscurecen las conciencias, cada uno de nosotros ha de anunciar con mayor fuerza la doctrina segura, a través de un proselitismo incesante. Para que esta acción apostólica sea fructuosa, dediquemos cada día más empeño a nuestra formación teológica personal y a nuestra vida interior. Pidamos al Dios Trino y Uno que aumente nuestras hambres de meternos en la sobrenatural oscuridad de su luz, y que esa luz de su verdad luzca en la cumbre, para que se verifique aquello del salmo: lux orta est iusto, et rectis corde laetitia (Ps. XCVI, 1 1); ha nacido la luz para el justo, y para los rectos de corazón la alegría.

6. Estamos en continuo contacto con la realidad eterna y con la terrena, realidad que sólo admite una postura: vivir en la Iglesia de siempre. Es cierto que, en alguna ocasión, el hecho de tener y propugnar la verdad, algunos lo interpretan falsamente como un acto de soberbia, como si nos preocupáramos de salvaguardar un derecho a nuestra vanidad personal, cuando cumplimos estrictamente un enojoso deber. Llena de dignidad cristiana aparece la figura de San Pablo, mientras se defiende de los que le iban a azotar, declarando su condición de ciudadano romano; y cuando con decisión expone al tribuno, que afirma que él consiguió con dinero ese privilegio, ego autem et natus sum (Act. XXII, 28), yo lo soy por nacimiento. San Pablo no teme ser acusado de soberbia porque proclama la verdad, en cosa que se refiere a él mismo: si he hablado antes de dignidad cristiana y de firmeza, ahora lo alabo por su valentía. Dignidad, firmeza, valentía. Resulta difícil descubrir gentes que procedan con esa reciedumbre. Por eso, vienen ganas de gritar: ¿dónde estás, Señor, que no te siento: que no te veo, que no te oigo, que no te toco? Y me responde con palabras del Salmo: si ascendero in caelum, tu illic es: si descendero in infernum, ades (Ps. CXXXVIII, 8); me encontrarás en las alturas del cielo, lo mismo que en los abismos. Y en cada persona, en cada suceso, en cada instante, en cada latido de tu corazón. Adelante, pues, a no olvidar que la verdad no tiene más que un camino. [...]

8. [...] Esto —y más hoy, y aun más en algunos círculos eclesiásticos— choca y no me extraña que choque, porque la lógica de Dios desafía abiertamente a la lógica de los hombres. Unos, con pretextos de evangelizar el mundo, se afanan en ceder y ceder, desvirtuando la sal cristiana. Nosotros procuramos exigirnos, y exigir mucho. Hijos míos, nos ha ido muy bien perseverar así, a pesar de las resistencias de nuestra personal debilidad. Justamente por el convencimiento de nuestra flaqueza, nos consta que cediendo no se consigue nada. Percibimos el grave deber de transmitir a las generaciones que vendrán detrás de nosotros este espíritu de radical dedicación, de no poner límites ni condiciones a cuanto el Señor nos pida en su servicio. [...]

10. Pero la humanidad actual, me diréis, no se presenta nada propicia para entender estos deseos de total dedicación a Dios. Efectivamente, el viento que corre, dentro y fuera de la Iglesia, parece muy ajeno a aceptar estos requerimientos divinos tan profundos. Personas alejadas de hecho de Jesucristo, porque carecen de fe, han ido fomentando un clima de renuncia a toda lucha, de concesiones en todos los frentes. Y así, cuando el mundo ha necesitado una fuerte medicina, no ha habido poder moral capaz de parar esta fiebre, esta organizada campaña de impudor y de violencia, que el marxismo explota tan hábilmente, para hundir aun más al hombre en la miseria. Se escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales. No cargo las tintas, hijos míos, ni tengo gusto en dibujar malaventuras: basta abrir los ojos y, eso sí, no acostumbrarse al error y al pecado. Un lamentable modo de acostumbrarse ha ocasionado la petulancia de algunos eclesiásticos que —posiblemente para encubrir su esterilidad apostólica— llamaban signos de los tiempos a lo que, a veces, no era más que el fruto, en dimensiones universales, de esas concupiscencias personales. Con ese recurso, en lugar de imponerse el esfuerzo de averiguar la causa de los males para ofrecer el remedio más oportuno y luchar, prefieren claudicar estúpidamente: los signos de los tiempos componen la tapadera de este vergonzoso conformismo.

11. [...] Velad, para individuar con prontitud el menor síntoma de flojera en la lucha. Así no nos dejaremos dominar por una mentalidad y una norma de conducta ajenas a las enseñanzas de Jesucristo. Todo tiene su trascendencia. Mirad que el demonio pretende engañar y sugestiona, argumentando que tal o cual detalle no lesiona ni la fe ni el camino y, si uno se deslizara por esos pequeños abandonos, acabaría perdiendo el camino y la fe. Atentos, hijas e hijos de mi alma, que el diablo no para, y todos arrastramos concupiscencias y pasiones.

12 En esta última decena de años, muchos hombres de Iglesia se han apagado progresivamente en sus creencias. Personas con buena doctrina se apartan del criterio recto, poco a poco, hasta llegar a una lamentable confusión en las ideas y en las obras. Un desgraciado proceso, que partía de una embriaguez optimista por un modelo imaginario de cristianismo o de Iglesia que, en el fondo, coincidía con el esquema que ya había trazado el modernismo. El diablo ha utilizado todas sus artes para embaucar, con esas utopías heréticas, incluso a aquellos que, por su cargo y por su responsabilidad entre el clero, deberían haber sido un ejemplo de prudencia sobrenatural. Resulta muy significativo que —quienes promovían todo este fenómeno de desmejoramiento— solían escamotear las exigencias cristianas de reforma personal, de conversión interior, de piedad; para abandonarse, con un obsesivo interés, a denunciar defectos de estructura. Entraban ganas de clamar, con el profeta, scindite corda vestra et non vestimenta vestra (Ioel II, 13): ¡basta de comedias hipócritas!: a confesar los propios pecados, a tratar de mejorar cada uno, a rezar, a ser mortificados, para ejercitar una auténtica caridad cristiana con todos. Hijos míos, curaos en salud y no condescendáis. El demonio anda rondando tamquam leo rugiens circuit (I Petr. V, 8): como un león inquieto, y espera que hagáis la mínima concesión, para dar el asalto al alma: a la entereza de vuestra fe, a la delicadeza de vuestra pureza, al desprendimiento de vosotros mismos y de los bienes terrenales, al amor de las cosas pequeñas.

13 En una palabra: el mal viene, en general, de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos mundanizados. Son individuos que han perdido, con la fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación— descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías, pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos, activistas políticos. Hay, por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes causaban tantos destrozos en la viña del Señor. Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso. Hijos, duele, pero me he de preocupar, con estos campanazos, de despertar las conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de hipocresía. El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos paraeclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente. Me sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base. ¿Cómo vamos a callar, ante tantos atropellos? Yo no quiero cooperar, y vosotros tampoco, a encubrir esas grandes supercherías.

14. [...] Persuadíos de que, si procuramos trabajar con esta sinceridad, no nos ganaremos las simpatías de algunos. Sin embargo, no caben ni ambigüedades ni compromisos. Si, por ejemplo, os llamaran reaccionarios porque os atenéis al principio de la indisolubilidad del matrimonio, ¿os abstendríais, por esto, de proclamar la doctrina de Jesucristo sobre este tema, no afirmaríais que el divorcio es un grave error, una herejía? Hijos de mi alma, que ninguno me venga con remilgos y distingos, en estos momentos en que se requiere una firme entereza doctrinal. Abominemos de ese cómodo irenismo de quien imaginara pacificar todo, encasillando unos a la izquierda y acomodando otros a la derecha, para colocar graciosamente en un prudente centro —nada de extremismos, aseguran— el fruto de su juego dialéctico, ajeno a la realidad sobrenatural. Ellos inventan el juego y deciden la posición de los demás. De estas típicas posturas falaces de ciertos eclesiásticos, que traicionan su vocación, brota como resultado la frívola componenda, la doctrina desvaída, el alejamiento del pueblo de sus pastores, la pérdida de autoridad moral y la entrada en el ámbito de la Iglesia de facciones partidistas. En el fondo, todo se reduce a que han caído en las redes de la dialéctica propia de una filosofía opuesta a la verdad, porque se fundamenta en violencias a la realidad de las cosas. Se descubre, también, que se teme más el juicio de los hombres que el juicio de Dios.

16. [...] Añadiría de nuevo que abunda el desconcierto y se causa mal impunemente —incluso con máscara de bien— porque se reza poco, y rezando poco no se logran discernir los espíritus y se confunde el error con el bien. Todo el designio del diablo, me atrevo a asegurar, está centrado en disuadir a los hombres de perseverar en la oración, porque la oración es el modo de introducirse en la amistad con Dios. [...] En primer término hemos de persuadirnos de que los medios sobrenaturales son los más adecuados, para afrontar una contienda de este tipo: la oración, la mortificación, el conocimiento de la doctrina de la fe, los sacramentos. Esto es lo sabio y prudente. Esto es lo propio de adultos, que eligen los auxilios más aptos para alcanzar su fin. Como consecuencia, cuanto podáis ver, oir o leer con posibilidad de apartaros de esta verdad, rebatidlo como enredo de personas inmaduras, proceda de donde proceda. Por desgracia, se observan también en la Iglesia sitios —cátedras de teología, catequesis, predicación— que deberían alumbrar como focos de luz, y se aprovechan —en cambio— para despachar una visión de la Iglesia y de sus fines totalmente adulterada. Hijos míos, es un grave pecado contra el Espíritu Santo, porque precisamente el Paráclito vivifica con su gracia y sus dones a la Iglesia (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 143), establece allí el reinado de la verdad y del amor, y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino del cielo (ibid.). Confundir a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas dañosas y graves omisiones.

17. Frente a ese griterío, hemos de exclamar: basta. De una parte, no cediendo nosotros a los halagos del embrollo diabólico y, simultáneamente, colaborando cada uno en la difusión de la doctrina, en especial de aquellos puntos que algunos se empeñan en oscurecer. [...]

19. [...] Perseverad, pues, vigilantes. Hoy, especialmente entre los eclesiásticos y los clericales tocados por las corrientes modernistas, todo se juzga con una visión ajena al sentido sobrenatural. Me refiero a esas personas que, donde advierten una obediencia cristiana, hablan de verticalismo; si descubren certeza de fe en lo que todos hemos de creer, afirman que no hay pluralismo; si se observan unas normas litúrgicas con unción, serán capaces de sostener que falta espontaneidad en el culto. Se sujetan a clichés que unos cuantos desaprensivos lanzan a la calle y, después, los más impresionables los reproducen sin discriminación, en ocasiones —y ya es síntoma de escasez de talento— por el gusto de repetir una frase que juzgan más o menos de moda.[...]

20. No queremos contribuir a empobrecer la espiritualidad de la Iglesia, arremetiendo contra lo que Jesucristo mismo instituyó: disminuyendo el sacerdocio ministerial y su santidad, para que se confunda con el sacerdocio real de los fieles; quitando el culto y las prerrogativas de la Madre de Dios, empequeñeciendo sus fiestas y su veneración; ahogando la devoción a los santos y a sus imágenes; destruyendo el sacramento del matrimonio. Y, sobre todo, dando disposiciones que conducen a arrancar de las almas el amor al Santo Sacrificio de la Misa y la certeza en la Real Presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar y Reservado en el Sagrario. Errores y desviaciones, debilidades y dejaciones he dicho ya: y ahora —como siempre— el mal se envuelve diabólicamente en paños de virtud y de autoridad: y así resulta más fácil que se fortalezca y que produzca más daño. Porque aparecen gentes con una falsa religiosidad, saturada de fanatismo, que se oponen desde dentro a la Iglesia de Jesucristo, dogmática y jurídica, haciendo resaltar —con increíble desorden, cambiando por los del Estado los fines de la Iglesia— lo político antes que lo religioso. Todo coopera al desprestigio general de la autoridad eclesiástica y a que no se corrijan con oportunidad y energía los desórdenes: los desatinos heréticos, la inestabilidad, la confusión, la anarquía en asuntos de fe y de moral, de liturgia y de disciplina. A esta situación la llaman algunos —defendiéndola— aggiornamento, cuando es relajación y menoscabo del espíritu cristiano, que trae como consecuencia inmediata —entre otros efectos— la desaparición de la piedad, la carencia de vocaciones sacerdotales o religiosas, el apartar a los fieles en general —ya lo dije— de las prácticas espirituales. Y, por tanto, menos trabajo en servicio de las almas, al paso que los eclesiásticos —al verse ineficaces— se muestran desgraciados y abandonan el proselitismo, porque piensan que procurarán también la infelicidad a otros.

21. [...] Fijaos en que, a la debilitación de la fe, acompaña una desorientación de la conciencia. Se llega hasta el extremo de considerar, con categoría de fenómenos positivos, sucesos que no admiten más explicación que la caída de la criatura, por flojedad en la lucha: esas defecciones o hechos semejantes de clérigos y de laicos son interpretadas cínicamente por algunos como búsqueda de mayor autenticidad. [...] Esa persona —que ya está caída o ha empezado a caer— responde con mala cara, con malos modos; habla habitualmente hiriendo, discute agresivamente, sobre todo de cuestiones políticas; se muestra más amigo de los que difunden errores —o de la gente lejana, que no trata— que de los que conviven a su lado, con los de su casa. Deja de rezar. Los más soberbios ocultan esta crisis bajo la máscara orgullosa de la frialdad, de una postiza actitud intelectualoide: hombres o mujeres que no se sabe nunca dónde ocultan el corazón, hasta que se descubre que lo tenían puesto en sí mismos.[...]

24. Recientemente os había ya urgido sobre esta mutua vigilia de amor que hemos de vivir, muy especialmente en estos tiempos en los que, desde dentro de la Iglesia, se siembra descaradamente la confusión. Agitadores de sacristías y de conventos, gente que ha hundido seminarios y vaciado iglesias, parecen destinar todo su interés a que haya hombres que sin guardar el Evangelio de Cristo y su ley, se llamen cristianos y envueltos en oscuridad se crean que tienen luz, por los halagos y embustes del enemigo, que, según nos dice el Apóstol, se transfigura en Angel, y reviste a sus agentes de ministros de justicia: presentan la noche como día, la muerte como salud, la desesperación con apariencia de esperanza, la perfidia como fidelidad, el anticristo con el nombre de Cristo; así escamotean con sutileza la realidad, engañando con apariencias de verdad. Esto sucede, hermanos amadísimos, por no volver al origen de la verdad, por no buscar la fuente, por no guardar la doctrina del Maestro celestial (San Cipriano, De Ecclesiae Catholicae unitate, c. 3). Acudamos, pues, a la buena doctrina, que enciende con lumbres la inteligencia y mueve a obrar rectamente, porque trae claridad a la conciencia para discernir el bien del mal. La gran catequesis, que es nuestra tarea, requiere un asiduo estudio; y requiere también, cualquiera que sea la ciencia que se cultive, aprender a situar rectamente y bajo la luz de la fe aquella parte del saber humano al que se dedica, por profesión, el propio esfuerzo. Así se evita uno de esos males tan corrientes hoy: que un sector de la ciencia pretenda aplicar soluciones para todas las exigencias de la criatura, como si el hombre fuera un simple animal.

25. No se relee sin gran dolor lo que San Pío X describió en su encíclica Pascendi, cuando exponía las características del modernismo, que en ese documento definía como compendio de todas las herejías. Todo aquello que entonces el Magisterio universal de la Iglesia intentó atajar con penetrante visión y energía sobrenatural, aparecía ya con su enorme gravedad, pero era todavía un mal relativamente limitado a algunos sectores. En nuestros días ese mismo mal —idéntico en su inspiración de raíz y con frecuencia en sus formulaciones— ha resurgido violento y agresivo, con el nombre de neomodernismo, y en proporciones prácticamente universales. Aquella enfermedad mortal, antes localizada en unos pocos ambientes malsanos, y contenida dentro de esas fronteras por prudentes medidas de la Santa Sede, ha alcanzado aspectos de epidemia generalizada. Su extensión ha facilitado su virulencia y la manifestación de efectos monstruosos en cantidad y en calidad, que quizá ni siquiera hubiésemos podido imaginar ante los primeros brotes del modernismo. Lo que inicialmente se mostraba sólo, aunque ya fuese muy grave, como la reducción de las Verdades dogmáticas a la simple experiencia subjetiva, conservando algún matiz espiritual, se ha degradado aún más: las hondas exigencias del alma —y aun las de la misma gracia divina— quedan disueltas en la horizontalidad sin relieve de lo mundano: identificando el amor de Dios con las aspiraciones o deseos más inmediatos del hombre-masa, sometido a los determinismos de la planificación materialista y atea, y a la de los instintos animales. La soberbia de la vida (I Ioann. II, 16) presenta su vanidad total en la exteriorización de la concupiscencia de los ojos, ambición de poder y de bienes terrenos, sin mesura; y de la concupiscencia de la carne, sensualidad sin freno y degradación libertina. Es como la descomposición entera de un cuerpo, después de haber perdido el alma.

26. Si, para combatir eficazmente los males del modernismo, San Pío X —como de modo análogo había hecho antes León XIII— señalaba, entre los más importantes remedios que urgía poner, el fiel seguimiento de la filosofía y de la teología de Santo Tomás, es patente que ahora se impone como nunca el estricto cumplimiento de esa disposición. Con el Motu proprio Doctoris Angelici, San Pío X traducía, en normas disciplinares concretas, lo que había sido una constante recomendación de sus antecesores en la Sede de Pedro, desde el año 1325. No me parece ocioso transcribir aquí algunas de las afirmaciones de ese documento pontificio: se deben conservar santa e inviolablemente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe, se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más, se ilustra con toda claridad la diversidad y la analogía existente entre Dios y sus obras. Y añade: por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza. Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras, con las que el Magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios. Por eso quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, será con gran detrimento. Así, entre otras determinaciones, San Pío X exhortaba: pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les ha dado facultad de enseñar, para que expongan a sus alumnos las opiniones personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia. Concretamente, en lo que se refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo siempre a la luz de la filosofía que hemos citado. ¡Cuánto dolor se hubiese ahorrado a la Iglesia y cuánto daño se hubiese evitado a las almas, con la fiel obediencia a esos mandatos de San Pío X! Pido ahora a mis hijas y a mis hijos, precisamente en este año en el que se conmemora el VII centenario de la muerte del Doctor Angélico, que sigan delicadamente esas indicaciones de la Iglesia en el estudio y en la enseñanza de la doctrina filosófica y teológica, seguros de que también así contribuiremos a que, por la misericordia divina, las aguas vuelvan a su cauce.

27. Indudablemente, esta tarea requiere paciencia, virtud que non tantum bona custodit, sed et repellit adversa (San Cipriano, De bono patientiae, c. 14), que además de custodiar lo bueno, rechaza lo que se opone al bien. Se muestra impaciente, en este sentido, el que deja de guardar la verdad y renuncia, porque no resulta cómodo ir contra la corriente, a la lucha contra el mal. Muchos perjuicios han venido a la Iglesia por la impaciencia, es decir, por la negligencia en cuidar la recta doctrina —el depósito de la fe— y en contrarrestar con fortaleza la herejía. Con razón afirmaba además San Cipriano que impatientia etiam in Ecclesia haereticos facit (De bono patientiae, c. 14): la impaciencia hace herejes, precisamente porque los pastores abandonan la vigilancia del depósito de la fe, expuesto a los asaltos de cualquier aventurero, y hasta ellos mismos —sufriendo y desorientados— desconfían de la Iglesia. Faltan ganas de luchar, porque falta fe. Pensad, hijos, en los Santos Padres y en los grandes Santos Doctores. Todos han puesto su vida al servicio de la verdad del dogma y de la moral de Cristo: la han protegido, la han defendido de los ataques heréticos, la han difundido, la han practicado, aun a costa de sacrificios personales y persecuciones, sin miedo a llamar a los herejes por su nombre. Hay que apoyarse en la intercesión de estos celosos baluartes y conocer bien su enseñanza y sus ejemplos, para ayudar a desterrar de la Iglesia la visión que lleva a claudicar ante cualquier cosa, o a disolver el mensaje de Jesucristo en un humanitarismo adornado de preocupaciones sociales.

28. El cristiano debe superar cualquier temor a que su fe contraste con las ideologías o valores que, en un determinado momento, traten de imponerse. Querer agradar a todos, y siempre, equivale a prepararse para traicionar. El cristiano tampoco ha de presentarse como un hombre que busca pelea con todos y por cualquier motivo. Pero no ha de soslayar la obligación, gustosa obligación, de proclamar su ideal sin ambigüedades. Además, cuenta con el derecho de sentirse apoyado en este comportamiento, por quienes están designados por el Señor para custodiar ese sagrado tesoro. Causa pena el espectáculo de algunas altas deserciones, a la hora de hablar o de decidir con iluminada convicción, a la hora de cortar un abuso. Bien triste resulta que en estos tiempos se haya utilizado la palabra caridad —no causar un dolor al hermano, dicen—, como coartada de la cobardía. Ruego al Señor, con todas las fuerzas de mi alma, que conceda a mis hijas y a mis hijos la gracia de ser, en su Iglesia, fieles cristianos: fieles a la herencia sobrenatural recibida, y que jamás ninguno traicione o ceda en cuestiones dogmáticas o morales. Hemos de aumentar nuestra lealtad con Dios, en estos momentos de deslealtad. A rezar, pues. A estudiar la buena doctrina, para que haya en nuestro espíritu un sereno remanso de aguas limpias, donde beban las criaturas sedientas de certidumbre. Cuando acudáis a lucrar las indulgencias del Año Santo, al invocar a la Santísima Virgen, orad por la Iglesia entera. Suplicad a la Madre que mire con compasión a sus hijos: con la misma compasión que en las bodas de Caná.

sábado, 25 de junio de 2016

Sacramento de la Confirmación en el Rito Romano tradicional conferido por el obispo auxilar de Nueva York y solemne Santa Misa Tridentina oficiada a continuación en Nueva York (EE.UU.)

Estas fotografías fueron tomadas el pasado 19 de junio, V Domingo después de Pentecostés, durante la administración del sacramento de la Confirmación a varios jóvenes, en el Rito Romano tradicional, por S. E. Mons. John O'Hara, obispo auxiliar de Nueva York, y la solemne Santa Misa Tridentina oficiada a continuación en la iglesia de los Santos Inocentes de la ciudad de Nueva York (EE.UU.), a la que Mons. O'Hara asistió en coro y durante la cual dio la homilía. Fotos: D. Arrys Ortañez (Facebook).

viernes, 24 de junio de 2016

¿Crónica de una destitución anunciada? S. E. Mons. Mario Olivieri, obispo de Albenga-Imperia y valedor de la Liturgia tradicional, retirado por decisión del Papa Francisco a partir de agosto

S. E. Mons. Mario Olivieri, obispo de Albenga-Imperia, ¿finalmente "misericordiado" por el Papa Francisco?

El pasado mes de abril de 2016, el Papa Francisco pidió a S. E. Mons. Mario Olivieri, obispo de Albenga-Imperia (Italia), conocido por su apoyo a la Liturgia tradicional, que "se quitara de en medio", según informó entonces Savona. Il secolo XIX, perteneciente al grupo La Stampa. Finalmente, otro medio de Savona (ver aquí) hizo pública ayer la destitución "jubilación" del obispo, que se hará efectiva el próximo mes de agosto, tras más de un cuarto de siglo al frente de la diócesis. Los motivos barajados por los medios italianos van desde un caso de pederastia habido en su diócesis -motivo aducido para remover a algunos obispos, pero no aplicado en otros casos flagrantes, para lo cual el Papa Francisco promulgó el pasado 4 de junio el motu proprio "Como una madre amorosa", publicado únicamente en italiano e inglés por la Santa Sede-, al "escándalo", aireado convenientemente por la prensa, del P. Angelo Chizzolini, párroco de la localidad de Arnasco, por haberse negado, supuestamente, a bendecir el cadáver de una mujer musulmana, Aicha Bellamoudden, fallecida en el derrumbe de un edificio en la ciudad de Savona.

Hay que recordar que hace tan sólo año y medio -el 10 de enero de 2015-, el Papa Francisco ya nombró un coadjutor para S. E. Mons. Mario Olivieri -el elegido fue Guglielmo Borghetti-, al que dio plenos poderes para que se hiciera cargo de la diócesis, pese a que el obispo diocesano no había renunciado, ni constaba que estuviera enfermo, ni había llegado a los 75 años, en que los obispos deben presentar la renuncia por edad. De hecho, Mons. Olivieri tan sólo tiene 72 años actualmente.

Cabe destacar que S. E. Mons. Mario Oliveri fue el primer obispo italiano en oficiar la Santa Misa en la Forma Extraordinaria del Rito Romano en su catedral, después de la entrada en vigor del motu proprio "Summorum Pontificum", de S. S. Benedicto PP. XVI, así como que el 1 de enero de 2012 se atrevió a reprender públicamente a los sacerdotes de su diócesis que eran reacios a poner en práctica dicho motu proprio. Asimismo, acogió en su diócesis a la nueva comunidad tradicional de Benedictinos de la Inmaculada de Villatalla, en cuyo monasterio ofició en varias ocasiones la Santa Misa Tridentina Pontifical (ver aquí y aquí), así como a los caídos en desgracia Franciscanos de la Inmaculada.

Recomiendo leer las dos entradas que enlazo a continuación, en las que fui anticipando esta "Crónica de una destitución anunciada". La primera la publiqué el 24 de octubre de 2014, y la segunda el 10 de enero de 2015:
En las fotografías que abren esta entrada, vemos a S. E. Mons. Mario Olivieri, obispo de Albenga-Imperia, durante su encuentro con el Papa Francisco el pasado 25 de abril -foto superior-, en una imagen retrospectiva -foto central-, y oficiando una multitudinaria Misa en la parroquia de Cristo Rey en Imperia (Italia), el pasado 1 de mayo de 2016 -imagen inferior-.

jueves, 23 de junio de 2016

Reportaje y fotos de la primera Santa Misa Tridentina oficiada en 45 años en Jerez de la Frontera, Cádiz (España)

Estas imágenes pertenecen a la Santa Misa Tridentina oficiada el pasado 19 de junio, V Domingo después de Pentecostés, a las 18:30 horas, por Fray Xavier Català Sellés, O.P., en la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez de la Frontera, Cádiz (España). Con esta ceremonia, la Santa Misa Tridentina vuelve a la diócesis de Asidonia-Jerez después de cuarenta y cinco años, donde será oficiada regularmente gracias al grupo de fieles de la parroquia de los Cuatro Evangelistas que promueve la celebración de la Liturgia según la Forma Extraordinaria del Rito Romano, entre quienes destaca el historiador del Arte D. Pablo Pomar. Para ello, han contado con el apoyo del Sr. Obispo, S. E. Mons. José Mazuelos, así como con el de la curia diocesana, del párroco, el P. Antonio López, y de la hermandad de la Vera Cruz, que ha puesto el templo a disposición de esta celebración. Durante los meses de verano tendrá una periodicidad mensual, pero a partir de septiembre la Santa Misa tradicional será oficiada cada domingo por la tarde en la mencionada iglesia, situada en pleno casco histórico de la ciudad. A la primera de estas celebraciones, cuyas fotos ilustran esta entrada, le precedió una breve charla explicativa. Fotos: Santa Misa Tradicional. Jerez de la Frontera (Facebook).

miércoles, 22 de junio de 2016

El Papa Francisco nuevamente contra el Catecismo de la Iglesia Católica y el Magisterio bimilenario: esta vez a cuenta de la pena de muerte

La agencia de noticias Notimex, hizo públicas ayer (ver aquí) unas palabras del Papa Francisco dirigidas al VI Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que comenzó en Oslo (Noruega), las cuales contradicen el Magisterio de la Iglesia y el mismo Catecismo en lo que a esta materia se refiere:

"La pena de muerte es inadmisible, sin importar el delito": Papa

Ciudad del Vaticano, 21 Jun (Notimex).- El Papa Francisco advirtió hoy que la pena de muerte "es inadmisible", sin importar cuán grave haya sido el delito del condenado, porque no hace justicia a las víctimas sino que "fomenta la venganza".

El Papa se expresó en estos términos en un videomensaje grabado con motivo del VI Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que inició este día en Oslo (Noruega) y es convocado por una alianza compuesta por unas 140 organizaciones del mundo.

"(La pena capital) es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas", dijo.

"El mandamiento ‘no matarás' tiene valor absoluto y abarca tanto a los inocentes como a los culpables", agregó, hablando en español.

Aplaudió la creciente oposición global a la pena de muerte y precisó que "hacer justicia" no significa que se deba buscar el castigo por sí mismo, sino que las sentencias tengan como finalidad fundamental la reeducación del delincuente.

Pidió por una justicia penal que sea "abierta a la esperanza" porque "no hay pena válida" sin posibilidad de cambio. Insistió que una condena clausurada en sí misma, que no dé lugar a la reinserción, es "una tortura" y no una pena.

Animó a todos los hombres "de buena voluntad" comprometidos con un mundo libre de la pena de muerte y subrayó que el derecho inviolable a la vida, "don de Dios", pertenece también al criminal.

"Deseo hoy alentar a todos a trabajar no sólo por la abolición de la pena de muerte, sino también por la mejora de las condiciones de reclusión, para que respeten plenamente la dignidad humana de las personas privadas de libertad", estableció.


Puede comprobarse claramente cómo estas ideas personales del Papa Francisco -que no es la primera vez que hace públicas- contradicen, una vez más, el propio Catecismo de la Iglesia Católica (números 2265, 2266 y 2267), que recoge el Magisterio bimilenario de la misma:


2265 La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar prejuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad.

2266 A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión dem comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable.

2267 La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Catecismo de la Iglesia Católica
, en la página web oficial de la Santa Sede.

martes, 21 de junio de 2016

Santa Misa cantada en el Rito Dominico antiguo por el Jubileo de la Orden de Predicadores y el Año de la Misericordia en Trieste (Italia)

Estas fotografías fueron tomadas el pasado martes 24 de mayo, fiesta de la Traslación de Santo Domingo, durante la Santa Misa cantada, en el Rito Dominico antiguo, oficiada por el P. Didier Baccianti, O.P. (sacerdote procedente del convento dominico de Turín), en la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro -también conocida como San Antonio el Viejo-, de la ciudad italiana de Trieste, en la frontera con Eslovenia. Esta fiesta, propia de la Orden de Predicadores, celebra la traslación del cuerpo de San Domingo al "Arca" de la Basílica de Bolonia, coincidiendo este año con el VIII Centenario de la aprobación de la Orden de Predicadores por el Papa Honorio III, así como con el Jubileo del Año de la Misericordia. La parte musical corrió a cargo del coro parroquial "Alabarda" y del organista D. Riccardo Cossi. Fotos: D. Lorenzo Petronio. Rerum Liturgicarum.

lunes, 20 de junio de 2016

Reportaje fotográfico de las Ordenaciones tradicionales conferidas por el Cardenal Ricard, Arzobispo de Burdeos y Bazas, en Auxerre (Francia)

Anteayer, sábado 18 de junio, festividad de San Efrén de Siria, Diácono y Doctor de la Iglesia, S. E. R. Jean-Pierre S.R.E. Card. Ricard, Arzobispo de Burdeos y Bazas, confirió el sacramento del Orden Sacerdotal, en el Rito Romano tradicional, a cuatro diáconos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, en la catedral de Auxerre (Francia), ceremonia a la que asistió una gran cantidad de fieles, y a la que pertenecen estas imágenes. Los nuevos sacerdotes son: el P. Pierre-Emmanuel Bonnin, Fssp; el P. Cyrille Perret, Fssp; el P. Antoine de Nazelle, Fssp; y el P. Sébastien Damaggio, Fssp. Actuó como presbítero asistente el Rvdo. P. John Berg, Superior General de la FSSP, mientras que el P. Arnaud Evrat, Fssp, Secretario General, y el P. Pierre-Henri Gouy, Fssp, responsable del apostolado de la FSSP en Auxerre e Yonne, lo hicieron como diácono y subdiácono, respectivamente. Fueron diáconos de honor los PP. José Calvin-Torralbo, asistente del Superior General, y Benoît Paul-Joseph, Superior del Distrito de Francia. La ceremonia contó con la presencia, además, de los Abades de Barroux y Lagrasse. Seminario de San Pedro Wigratzbad.

domingo, 19 de junio de 2016

Profanación del crucifijo de la iglesia de la Gratitud Nacional por grupos de extrema izquierda y posterior Acto de Reparación en Santiago de Chile (las fotos pueden herir la sensibilidad de algunas personas)

El pasado jueves 9 de junio, una turba de entre diez y quince encapuchados forzó la puerta de acceso e ingresó en la parroquia santuario de María Auxiliadora, comúnmente conocida por su antiguo nombre de iglesia de la Gratitud Nacional, situada en la esquina de la Avenida Bernardo O'Higgins y Ricardo Cumming, en Santiago de Chile (Chile), que fue saqueada. De su interior se sustrajeron varios objetos, entre ellos un crucifijo de tamaño natural que posteriormente fue profanado sacrílegamente y con saña hasta su total destrucción en plena calle, cuyo tránsito estaba interrumpido por una manifestación estudiantil, de la que formaban parte los asaltantes, convocada por la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech), que agrupa diferentes federaciones de asociaciones y grupos de extrema izquierda -comunistas, socialistas y anarquistas- como los siguientes (por orden alfabético):

Convergencia UV (Independientes, Revolución Democrática e Izquierda Ciudadana)
Coordinadora Estudiantil Progresista PRO
Despierta ULS (Independientes de Izquierda)
Frente de Acción Socialista
Frente de Estudiantes Ernesto Guevara
Frente de Estudiantes Libertarios
Fuerza Universitaria Rebelde
Izquierda Autónoma
Juventud Radical de Chile
Juventud Rebelde
Juventud Socialista de Chile
Juventudes Comunistas de Chile
Nosotros (Juventud Guevarista y Rebelde)

Estos lamentables hechos fueron registrados gráficamente por numerosos medios de comunicación nacionales e internacionales. Los carabineros finalmente rescataron los restos del crucifijo destrizadi y los volvieron a llevar al interior del templo, que ya en disturbios anteriores ha sido objeto de ataques (algunos incendiarios). La iglesia de la Gratitud Nacional es monumento nacional de Chile desde 1989, y está hoy confiada a los PP. Salesianos. Su última restauración se realizó en 2012, a causa de los graves daños sufridos por el terremoto de 2010. A día de hoy, y en reiteradas ocasiones, ha vuelto a ser víctima de destrozos durante protestas protagonizadas por grupos anarquistas y de extrema izquierda.

Las fotografías que acompañan esta entrada, además de la profanación anteriormente descrita, muestra el Acto de reparación y desagravio por dicha profanación de la iglesia de la Gratitud Nacional, que realizó el domingo 12 de junio la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat - Una Voce Chile, con una gran asistencia de fieles, después de la Santa Misa dominical oficiada a las 12:00 horas, en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, situado en Bellavista, 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, M1 y M5 Baquedano), en la comuna de Recoleta, para reparar en parte la ofensa sufrida.

Cabe señalar que en la tarde sábado 11 de junio, S. E. R. Ricardo S.R.E. Card. Ezzati, Arzobispo de Santiago, ofició una Misa de desagravio en propia iglesia de la Gratitud Nacional, que contó con la asistencia de más de dos mil fieles. Durante su homilía hizo un llamamiento a extirpar el odio en la sociedad chilena antes de que éste acabe matando al alma del país.